El color del camaleón (2): El frágil hilo

Como muchos documentales biográficos de “segunda generación”, El color de camaleón está contado a modo de un relato autobiográfico por un realizador que busca saber más de sus orígenes, articulado aquí como un diálogo entre un padre y un hijo. Se trata de un obstinado diálogo entre generaciones en torno a la memoria de la dictadura y sus límites traumáticos, sus zonas grises y obscuras, su resistencia a ser contada y transferida. Andrés Lübbert, su director y narrador, maneja esto con solvencia y trabaja sin perder su objeto: la idea de llevar a Jorge, su padre, al límite de su memoria y el intento de aclararse una historia que no le ha sido contada o solo conoce a pedazos.

Ambos realizan en conjunto un viaje a Chile, y será aquel permanente asedio de preguntas al padre y sus resistencias (conscientes e inconscientes) lo que lleve adelante el documental. En ese trayecto es cuando Andrés se da cuenta de que su padre fue sometido a escrutinio por parte de la STASI y resultó acusado de ser agente de la DINA.  Es este el hilo que el director busca desembrollar en una especie de asedio insistente a la memoria de su padre. En un tira y afloja permanente, en más de una ocasión es el propio Jorge quien determina cuanto avanzar y cuanto retener, cuanto contar y cuanto silenciar.

Los detalles que vienen a continuación son escabrosos y, en algún punto, cruciales: Jorge fue constantemente amedrentado y forzado a participar en torturas y, posiblemente, crímenes, en una especie de “entrenamiento” que más bien buscó “quebrarlo” para ser parte de la agencia. El detallado sistema de la DINA queda expuesto: la búsqueda de un sujeto indicado para pasar a ser parte de este proceso, el hostigamiento selectivo y la constante amenaza de muerte son herramientas por las cuales el terror se impone. Jorge narra esto con miedo, y en el momento en que Andrés decide hacer frente a algún exoficial su padre le pide que no lo haga.  Las estrategias utilizadas por el director son variadas: la búsqueda de testimonios de familiares, la lectura de una carta escrita en el pasado -llevada a escena por la voz de un actor- y el constante abordaje a Jorge, quien solo puede ir a ratos contando parte de su historia.

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El director somete a interrogantes a su propio proceso investigativo, los límites de la exposición y los tiempos del trauma. ¿Cuánto narrar? ¿Cuánto creer? ¿Cuánto olvidar? Son las decisiones éticas y estéticas de un documental atrapante, que es tanto el relato de un viaje de reencuentro, como la búsqueda de una identidad, por parte de Andrés, a través de la historia política y, también, mediante su propia realización como documentalista.

Es cierto que hay varios cabos sueltos en El color del camaleón y queda una sensación, justificada por los silencios traumáticos del padre, que no toda la historia ha sido contada. Si bien no colaboró activamente con la DINA, queda la pregunta por las zonas grises y la posibilidad de avance en casos judiciales. Aún así, ¿es todo lo que había? Nos quedamos con la duda.

Con todo, el documental de Andrés Lübbert es un balde de agua fresca a los documentales que abordan las memorias de dictadura. Se trata -junto a El pacto de Adriana- de una renovación de las estrategias, preguntas y modos de acercarse a una memoria familiar, tan próxima como escabrosa, así como resistida y suprimida. Una búsqueda que pretende sostener un frágil hilo intergeneracional, que en algunos casos llega a cortarse en otros, mientras que en otros -como este- sobrevive.  Esa prueba, histórica y genealógica, es la búsqueda de un renovado interés del documental chileno reciente.

 

Nota comentarista: 8/10

Título original: El Color del Camaleón. Dirección: Andrés Lübbert. Guión: Andrés Lübbert. Fotografía: David Bravo. Montaje: Guillermo Badilla Coto. Sonido: Juan Pablo Manríquez, César Fernández, Maarten Leemans. Música: Alejandro Rivas Cottle. Producción general: Francisco Ovalle. País: Chile. Año: 2017. Duración: 87 min.