Cola de mono: No basta con creer

El retorno a las pantallas de Alberto Fuguet, tras haber puesto pausa a su carrera en cine con Invierno (2015) viene a completar lo que sería el marco de una nueva etapa de su carrera, iniciada con la novela No ficción (2016), una salida del closet estética hacía lo que tendría relación con una sensibilidad gay. La afirmación enseguida tiene que contravenirse con un “pero”, ya que Cola de mono es la primera de dos películas que tienen personajes gay, y la segunda, según se ha dicho, se declina hacia el porno, mientras que la que se ha estrenado recientemente se inclina por el cine de terror, reclamando para sí terrenos de género (genre), sexo explícito y sentido pop que ya había estado presente en distintas dosis en sus trabajos de ficción y no ficción. Sin ir más lejos, todo eso está reelaborado en dos compendios fuguetianos: el libro de 2017 VHS (unas memorias) y el documental-ensayo Locaciones: buscando a Rusty James, (2013).

Aunque, desde otro enfoque, Cola de mono sí tiene de entrada el elemento gay como plato fuerte, que se tuerce hacia un terreno familiar de la producción de los personajes de Fuguet, que en el caso específico de esta película permite apreciar mejor el desagrado y misoginia de los protagonistas, enfrascados en sus armaduras individuales, a la defensiva, que hacen más llevaderas sus vidas leyendo novelas o viendo películas que teniendo que bajar la guardia y socializar.

En Cola de mono lo mejor va por la ocurrencia de su título. El seguimiento de sentidos para cola queda explicitado por el lado del “didactismo” que usa la película para rotular conceptos como entradas de diccionario/slang que aparece de vez en cuando mediante textos en la imagen. Estos dan algunas coordenadas para asimilar la historia que va de una familia disfuncional que hace un intento por celebrar la navidad el año 1986. Se está lejos de la visión que sobre la familia y la juventud tiene Sebastián Lelio con su propia Navidad (2009), acá la madre y los hijos no paran de beber y hablar en tono agresivo-pasivo. Entre la hostilidad, el padre ausente, porque se suicidó, y la casa grande pero venida a menos permiten evacuar de este espacio claustrofóbico referencias al exterior social dictatorial. Una vez que la madre cae en sueño soporífero, el hermano mayor, Vicente, sale al encuentro gay nocturno y el menor, Borja, se queda intruseando en la pieza de su hermano para luego entregarse a un juego autoerótico con gran carga de autodescubrimiento corporal y sensorial. En paralelo, las experiencias de ambos hermanos se asemejan y diferencian, en lo que parece ser la ensoñación temerosa de Vicente, en un nuevo antecedente de que estos años ochenta no tienen que ver con Pinochet y más con el despertar hacia el mal del referenciado Stephen King, que sería lo que vendría a conjurar el hermano chico. Mientras el hermano mayor se va soltando, Borja derriba su propia fachada y la de Vicente.

El conflicto que se desprenderá luego ya se va tiñendo claramente de las referencias al cine de terror pero en forma tímida, con virajes del color y la luz, algunos efectos de montaje (como disolvencias, breves elipsis y rupturas de la linealidad y sincronía del relato), junto con lo principal, golpes de efecto, salidas inesperadas de la acción. El resultado, por supuesto, es violencia, gore, muerte. El problema de Cola de mono radica en que Fuguet no se suelta de la contención indie de sus películas anteriores y no da con el tono de exceso que se podría esperar. La exploración corporal queda algo incómoda entre el fetichismo corporal y el ridículo (algo que ya pasaba en la escena del baile de hotel en Invierno). Más adelante, la narración salta hacia un día de 1999, una pesadilla y una muerte inesperada. Para entonces ya no se sabe si el efecto género es paródico o está simplemente mal planteado.

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Reconocido fan del cine de Brian De Palma, Fuguet no consigue darle un toque de tensión por fuera de los diálogos o algunas escenas (el beso al espejo es tal vez es el único momento por el que valga recordar la película), se alarga innecesariamente o se divaga sin efecto voyerista, pese a que los elementos están ahí. Menos hay proceso identificatorio. Como una especie de Carrie (1976) masculina mal procesada, el homenaje y el género se diluyen.

Lo más peligroso es que las representaciones se ven infectadas de un imaginario que confunde perversión o terror con lo peor de lo políticamente incorrecto. Me refiero a que el intento por representar asentimientos represivos en personajes pasivos, celosos de sus deseos puede pasar por una pesadilla homofóbica, más encima cruzada con prejuicios de clase. La falta de énfasis en elementos paródicos, atmosféricos o violentos precisamente son lo que el terror no se permite para constituirse como género. Para experimentar con sus procedimientos y alejarse de sus clichés o repeticiones corresponde primero dominar sus códigos para darles vuelta. Cola de mono no logra instalar los primeros, así que es entendible que la incertidumbre ante lo visto termine en incredulidad espectatorial y aburrimiento (otro pecado para el terror).

“Acá no creen en los géneros" dice un personaje aludiendo a que en Chile no se aprecia la realización de películas de géneros cinematográficos, reproche que se ha escuchado varias veces tanto a realizadores como espectadores y críticos de cine nacionales. Para el caso del terror se podría responder que esa idea está mal planteada. No creo que en Chile no nos guste el terror, más bien que de los variados intentos que se han realizado, son los resultados los que han dado miedo, no las emociones provocadas por esas películas.

 

Nota comentarista: 5/10

Título original: Cola de mono. Dirección: Alberto Fuguet. Producción: Nicolás Arenas, Roberto Mardones, Alberto Fuguet. Guión: Alberto Fuguet. Fotografía: Patricio Salgado. Dirección de Arte: Amparo Baeza. Montaje: Sebastián Arriagada. Música: Cristian Heyne, Alberto Peña. Reparto: Santiago Rodríguez Costabal, Cristóbal Rodríguez Costabal, Carmina Riego, Diego Nawrath, Benjamín Bou, Daniel Moreira, Mauricio Vaca. País: Chile. Año: 2018. Duración: 102 minutos. Distribución: storyboardmedia.