Cosmopolis (David Cronenberg, 2012)

Cronenberg, como todo autor bien capacitado, hace cine que nos permite ver esos matices sin dejar de entretenernos y a la vez “shockearnos” (sic), aunque sea un poco. El joven billonario Eric Packer va camino a cortarse el pelo en una limosina blanca, como en la que viaja el protagonista de Holy Motors, durante trayecto que también dura un día tiene diversos encuentros y parece que el mundo y la vida se pudieran reducir a una jornada, al acabar el auto es estacionado, mañana será otro día más. Hasta ahí las semejanzas. Sin propuestas metaficcionales Cosmopolis se concentra en otros temas. Además la ciudad es distinta: París en Carax, Nueva York en Cronenberg. Resalta el lento desplazamiento de la limosina del joven rico. La ciudad está restringida por la visita del presidente y también por el funeral de un hiphopero famoso. Adentro, resguardado en una verdadera oficina tecnológica Eric viaja aislado y resguardado. El auto es insonorizado por lo que el exterior queda determinado al silencio y a la apariencia de una pantalla según dejan ver las ventanas. Afuera hay un atochamiento de vehículos, se ven las calles y la gente. En cierta parte se encuentra con una protesta política bastante violenta, que recuerda a los indignados de Wall Street o las manifestaciones antiglobalización. (y por qué no a otras como las del medio oriente y nuestras marchas estudiantiles de los últimos años).

En un determinado momento en una pantalla electrónica vista desde el interior del auto aparece parafraseado el enunciado que da inicio al Manifiesto Comunista de Marx y Engels. “Un fantasma recorre el mundo, el fantasma del capitalismo”. Esa parece ser la idea fundamental de la película. El mundo parece ser regido por el capital y la realidad se encuentra en crisis. El joven billonario que atraviesa lentamente la ciudad ve su riqueza devaluarse y perderse rápidamente tan solo en horas. Lo intangible desaparece de un súbito como un fantasma, pero lo concreto sigue ahí, en otro ritmo, dificultando la percepción de las cosas en su complejidad.

En el camino Eric conversa con asesores, colaboradores, sus guardaespaldas, recibe su exámen médico diario, tiene sexo,  se topa algunas veces con su espectral esposa. Ella sin embargo no es el único espectro. Todos los personajes tienen algo fantasmagórico, un desapego hacia ellos mismos, un desafecto con los sentimientos y la realidad. En su oficina con ruedas el espacio del joven multimillonario se encuentra mediado por la virtualidad. Controles electrónicos, pantallas con información numérica, televisión y otros elementos que lo circundan con estrechez, protegen como un útero mediático y virtual y le permiten permanecer ensimismado, aunque de verdad está lleno de preocupaciones que le cuesta transmitir.

comopol1

El colapso económico del yuan que está generando una crisis financiera global aparece como causa inmediata de la caída del joven, aunque se pueden vislumbrar otras más personales. Con 28 años ya empieza a sentir la decadencia asociada al envejecimiento, su reciente matrimonio parece no consumarse, su hipocondría lo llevó a descubrir que tiene la próstata de forma asimétrica y parece haber perdido contacto con su pasado. El corte de pelo es la excusa para volver a la peluquería del barrio de su niñez, donde su padre fallecido cumplía el ritual de acicalarse y socializar en un espacio de camardería masculina (símil de ese otro lugar, “el salón de belleza”, exclusivo para mujeres). Pero, como se sabe, we can’t go home again, y por lo tanto Eric debe buscar su revitalización en intentos torpes, dramáticos y aleatorios para obtener el “sentido de experiencia” que ya no posee. “El mundo se ha vuelto demasiado contemporáneo” reflexiona el personaje de Juliette Binoche ante el joven. Más adelante esa opinión se expone con detalle en la conversación con la asesora teórica. Se trata del actual momento histórico del cibercapital que implica su dominación biopolítica. Esa fría teoría aparece contrastada justo en ese momento y lugar por los manifestantes que empiezan a atacar la limosina.

Son ironías de la vida, como el pastelazo que recibe Eric en la cara, que lo insegurizan cada vez más. El mundo parece fuera de control como el desquiciado Benno Levin, el que finalmente confrontará al joven. No solo la moneda de cambio se ha vuelto una rata, tal vez todos lo son, en eso nos hemos convertido.

Aún así Cronenberg no entrega una película oscura. De cierta manera es densa, pero está afincada en la ironía. Todos los personajes padecen una especie de miopía, son incapaces de articular la realidad del rey que está desnudo, como que en el fondo todos se creen con la ropa puesta.

No me he referido a la visualidad de la película, a su composición cinematográfica, que pese al planteamiento eminentemente discursivo de los personajes, no cae en la mera conceptualización o en una forma de tratamiento teatral de la puesta en escena de la novela de Delillo. El interior y exterior de la limosina son registrados con la típica mirada clínica, por así decirlo, del director. Lejos del espectáculo virtuoso de Holy Motors, Cronenberg mantiene en cierta medida su práctica tipo serie B. Su registro cinematográfico últimamente será menos explícito y más cerebral, habrá abandonado la ligazón genérica del terror, pero continua con una aproximación de tono menor, es decir sucinta, a las problemáticas de cuerpo y mente, la metamorfosis, la inadecuación de los géneros establecidos, el sexo, la violencia, la percepción de lo real, el complot, la obsesión con los anos y, para los que encuentran más y mejores lecturas que las mías, todo un cuanto hay.