El hombre invisible (1): El talento oculto

En las anteriores versiones el hombre invisible es visible para nosotros, o cuando menos la película participa abundantemente de su punto de vista: se trata ahí de hacer visible lo invisible. Whannell opta por lo opuesto al menos en su primer tiempo, donde lo único que permite que el hombre invisible no lo sea tanto es el título. Es la invisibilidad la que se contagia a lo visible, cuando el villano queda no solo fuera de nuestra visión sino de nuestro conocimiento, lo que sumado a que de él solo sabemos su brutalidad, logra que campo y fueracampo queden convertidos en idénticos espacios de riesgo, destruida toda la seguridad de lo visible por la amenaza de lo invisible, y articulado este riesgo con sequedad mediante una retórica justa y adecuada que parte del terror jugando con el modelo de cine de “apariciones” (fantasmas, demonios, etc.).

Aunque de ninguna manera se le puede negar a Leigh Whannell el crédito de buen guionista, sorprende que una película llamada El hombre invisible y que es, en efecto, una nueva versión de la historia del hombre invisible, acabe resultando una de esas películas discretas y modestas (“serie B”, se atrevería uno a decir) dotadas de gran habilidad narrativa y una agradable capacidad de resultar originales por su articulación inusual de materiales archiconocidos. Con ello, diría que Whannell, aquí también en su tercer trabajo como director, ha conseguido inesperadamente una de las mejores muestras del cine de suspense/terror (en fin, thriller) que hayan aparecido y, previsiblemente, vayan a aparecer en la temporada, tal como hace dos años hizo Boaz Yakin con la extraordinaria y tristemente ignorada Boarding School (2018), esta sí ajena completamente a toda relación con el mainstream y condenada por tanto al ostracismo desde antes de nacer.

En este caso nos encontramos con una nueva vuelta de tuerca a un mito que, conozca uno o no sus anteriores manifestaciones, no precisa muchas introducciones. En casi todas las variantes de la historia (existen excepciones, como en la de John Carpenter, pero son escasas), el hombre invisible es un científico, y en esto, así como en su carácter de villano, Whannell no innova; sí lo hace, en cambio, cuando su invisibilidad es apoyada por la narración, al no convertirle en protagonista y apartarlo, en todos los sentidos, de nuestra vista. En las anteriores versiones el hombre invisible es visible para nosotros, o cuando menos la película participa abundantemente de su punto de vista: se trata ahí de hacer visible lo invisible. Whannell opta por lo opuesto al menos en su primer tiempo, donde lo único que permite que el hombre invisible no lo sea tanto es el título.

Es la invisibilidad la que se contagia a lo visible, cuando el villano queda no solo fuera de nuestra visión sino de nuestro conocimiento, lo que sumado a que de él solo sabemos su brutalidad, logra que campo y fueracampo queden convertidos en idénticos espacios de riesgo, destruida toda la seguridad de lo visible por la amenaza de lo invisible, y articulado este riesgo con sequedad mediante una retórica justa y adecuada que parte del terror jugando con el modelo de cine de “apariciones” (fantasmas, demonios, etc.) en el que tan experto es Whannel, si bien confrontándolo de forma original con la imposibilidad de la aparición (véase el magnífico plano fijo de la cocina, que por cierto a este cronista le fue estropeado por cortesía de la infame proyección borrosa de la sala 1 del Cineplanet de Valparaíso) hasta penetrar poco a poco en el campo del thriller, de una manera que podría traer agradables recuerdos de filmes como The Hitcher (Robert Harmon, 1986) o Blue Steel (Kathryn Bigelow, 1990) (curiosamente, ambos escritos por Eric Red).

Es ciertamente la certeza de lo invisible, de la ocupación de lo invisible podría decirse, lo que aterra, pero también y sobre todo el hecho de que lo fantástico (la invisibilidad) es ocupado por algo muy real, tan terrible como real: El hombre invisible cuenta una terrible historia de maltrato físico y psicológico de una mujer a manos de su marido. Eso que no vemos y que tememos está ahí, es un maltratador doblemente peligroso en virtud de sus sobrenaturales capacidades (cuya justificación felizmente no ocupa a Whannell ni un ápice más de lo estrictamente necesario). Liberada así la protagonista, Cecilia, del criminal que la torturaba, este pasa sin embargo a convertirse en una amenaza invisible y completamente inverosímil para todos los apoyos de esta. En la era del yo te creo, es imposible que nadie pueda creer a Cecilia.

De nuevo en esto, el título es acertado ejemplo de la decidida apuesta por eliminar, si no toda, buena parte de la ambigüedad que grandes sectores de la crítica han decidido necesaria para conceder altura artística a las películas de terror (si bien el otro factor es la importancia del contenido, y aquí la película no les falla: la recepción crítica del filme hasta el momento es excelente). Whannell sabe sin embargo dónde está la fuerza de su historia, y es todo lo directo que puede: la secuencia inicial no deja dudas sobre el terror de ella y la brutalidad de él, y ni el título ni las escenas permiten muchas dudas sobre lo que sucede. Se diría que en su preocupación por el dolor de la mujer nunca busca ni permite que dudemos de ella, y así podemos compartir el dolor de que todos los demás lo hagan, además de por supuesto comprender que es imposible no hacerlo, dadas las circunstancias. A ello ayuda, en todo caso, una inteligencia narrativa que evita las demoras innecesarias, que siempre busca y sabe cómo avanzar y se niega a plantear dudas sobre lo que todos sabemos (lección que Shyamalan olvidó tristemente en el vergonzoso tramo central de Glass). No dudamos de Cecilia, pero ello es gracias a que Whannell nunca duda de su historia.

Como si partiera pues de la escena de violación de Hollow Man (Paul Verhoeven, 2000), Whannell convierte a su hombre invisible en un salvaje marido maltratador y con ello consigue, paradójicamente, una excelente descripción de la invisibilidad de la mujer maltratada. Pero, y esto es importante, sin metáforas, algo que intuyo puede molestar al tipo de crítico que se frota las manos cada vez que un It Follows (David Robert Mitchell, 2014) o un The Lighthouse (Robert Eggers, 2019) cae en sus sudorosas manos. Whannell es directo y ataca sin contemplaciones, en un viaje al horror que puede recordar a otros como el de la también acosada Jamie Lee Curtis en la citada Blue Steel, sobre todo cuando la película decide pisar el acelerador, sin perder nada con ello: las secuencias de acción del tercer tiempo funcionan como debieran, un incremento de la intensidad en la lucha por la vida, la supervivencia y, más aún, la credibilidad. Cecilia lucha por su vida, pero también por ser creída, y por no ser víctima de una trampa cuidadosamente trazada que le llevaría a la casilla de salida, en peores condiciones si cabe a las iniciales. 

Ciertamente no faltan algunas cosas que lamentar: debido a su registro calmo y discreto Whannell no abusa de efectismos sonoros, pero tampoco puede decirse que no se deje querer y se reste a sus cantos de sirena, si bien esto es un impuesto de la época del que es difícil librarse y que quizás, quién sabe, veamos con simpatía cuando nos hagamos viejos (y seniles). Igualmente, su final no está del todo bien afinado y no puede evitar estropear la magnífica interpretación de Elisabeth Moss con un, este sí, absolutamente tópico y falto de imaginación plano final. Pequeños problemas en lo que supone una “pequeña joya” que huye del uso del fantástico como metáfora, que defiende la soberanía del caso individual y el poder de la narración para inmiscuirnos en las situaciones más improbables y difíciles, y hacérnoslas comprender en sí mismas, sin necesidad de guiar a nadie de la mano para que, superándolas, llegue desde allí a la instancia trascendente de las conclusiones “mayores”. Whannell no intenta ni un segundo levantar una “película sobre mujer maltratada” sino que se dedica a contar una historia sobre una mujer maltratada, acto donde radica su potencia significante.

Dicho de otro modo: El hombre invisible nos recuerda y demuestra lo que puede el cine (algo), y que el problema mayor de ciertos filmes con agendas ideológicas no reside en estas, como la crítica reaccionaria siempre gusta de señalar, sino en la nula implicación de guionistas y cineastas en los casos individuales que narran, hecho que se sigue naturalmente de una razón más profunda: su nulo compromiso con el acto mismo de narrar.

 

Título original: The Invisible Man. Dirección: Leigh Whannell. Guion: Leigh Whannell (Novela: H.G. Wells). Fotografía: Stefan Duscio. Música: Benjamin Wallfisch. Reparto: Elisabeth Moss, Storm Reid, Harriet Dyer, Aldis Hodge, Oliver Jackson-Cohen, Zara Michales, Michael Dorman, Benedict Hardie, Renee Lim, Brian Meegan, Nick Kici, Vivienne Greer, Nicholas Hope, Cleave Williams, Cardwell Lynch, Sam Smith, Serag Mohamed, Nash Edgerton, Anthony Brandon Wong. País: Estados Unidos. Año: 2020. Duración: 124 min.