Rara (1): Los vestigios de la niñez

Valga una aclaración: esta es una película sobre la adolescencia incipiente, la femineidad y la familia. Solo en último caso, aunque sea su costado más ruidoso y mediático, puede ser entendida como una película sobre el lesbianismo. Lo que puede parecer una omisión pudorosa de lo que “debía” ser el tema central de Rara (solo dos escenas: sonidos en off de dos mujeres teniendo sexo, un beso frío en un comedor, nada más) convierte a esta película en una experiencia más vasta, empática y transversal, superando el mero panfleto. Tal vez el hecho que se haya promocionado como una versión libre de lo ocurrido con la jueza Karen Atala, distorsiona y desmerece los fundamentos de esta bella película.

Sara (Julia Lübbert) es una joven de 13 años. Vive en Viña del Mar junto a su madre (Mariana Loyola), una abogada divorciada que convive junto a Lia (Agustina Muñoz), una veterinaria argentina, y Catalina (Emilia Ossandón), su perspicaz y divertida hermana menor. A lo lejos se divisa la presencia de un padre (Daniel Muñoz), tipo con buenas intenciones pero sin aptitudes para congeniar con su hija. Película filmada de manera espléndida, sin los repetidos y afiebrados movimientos de cámara a las que nos tiene acostumbrado el cine chileno de la última década (lecturas mal digeridas de Cassavetes), Rara está contada, ya desde su primera escena, desde la perspectiva de Sara. Es el centro de gravedad que la película asume, el lugar de lo femenino como el espacio desde el cual dirigirá su mirada.

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Lo anterior lo confirman ciertas decisiones que Pepa San Martín modela de forma inteligente a lo largo de todo su film: el menosprecio por lo masculino como sujetos destituidos de cualquier voz propia, aunque sea equivocada. Los largos minutos que destina a la vida hogareña, las apreciadas irrelevancias que construyen un vínculo, los detalles de la interacción que emana entre esas cuatro mujeres que habitan un mismo espacio común. Por sobre todo, la manera en que la cámara sigue (mejor, acompaña) cuidadosamente los movimientos corporales y el rostro de Sara, iluminando la pantalla con una variedad dramática de gestos que van desde el enamoramiento a la decepción, de la incomprensión a la rabia contenida. Sara es la mirada atenta, sabia, todavía inocente y luminosa desde la cual Rara proyecta su vínculo con el espectador, expandiendo una tristeza desprovista de desazón, como si detrás de ese drama sordo que se avecina aún persistiera la opción de suspender los juicios y las advertencias, una individualidad singular que perdona las estupideces de los mayores.

En eso Rara es ejemplar: juega a la comedia sabiendo que lo que cuenta bien podría ser una historia macabra y penosa. Su final, abrupto, es una señal clara que vendrán despedidas, separaciones, más de algún daño; la adultez. Pero equilibra los ritmos mostrando, expandiendo ante nuestros ojos el despertar intermitente de Sara hacia el sexo opuesto, las ofuscaciones de un cuerpo que crece y se siente extraño, las conversaciones cómplices entre amigas, el primer cigarro encendido, las impaciencias, los ritos de iniciación adolescente. Y por sobre todo, los destellos de humor espontáneo, natural, clarividente, de su hermana Catalina, personaje sacado de otro universo, de otra película. Una que esperamos pronto ver filmada.

Marco Antonio Allende

Nota comentarista: 8/10

Título: Rara. Dirección: Pepa San Martín. Guión: Pepa San Martín, Alicia Scherson. Fotografía: Enrique Stindt. Música: Ignacio Pérez Marín. Reparto: Julia Lübbert, Emilia Ossandón, Mariana Loyola, Agustina Muñoz, Daniel Muñozn Sigrid Alegría, Coca Guazzini. País: Chile-Argentina. Año: 2016. Duración: 93 min.