Ready Player One (1): Futurismo ochentero

En uno de sus ensayos en torno al advenimiento del hip-hop, el crítico musical Simon Reynolds propone que la popularidad de la música basada en samples sirvió como un presagio cultural de lo que vendría en la era digital. El método con el cual los DJs construyen bases musicales uniendo fragmentos de piezas previamente grabadas era una expresión adelantada de lo que más tarde sería conocido como la cultura “digital recombinante”. Esta concepción artística iría más allá de los juegos literarios intertextuales, ya que consideraba a toda obra como un entramado complejo de materiales anteriores que se podía remixear a gusto.

Años más tarde, el mismo Reynolds reformularía su teoría de la sampladelia para advertir sobre un tipo de referencia más nostálgica e inerte. En su libro Retromanía, el autor analiza la obsesión de la música pop reciente con su pasado. En este sentido la cita funciona más bien como un guiño al auditor que como un esfuerzo de exploración textual. En el caso de Ready Player One, la última cinta de Steven Spielberg, aparecen tanto los espacios virtuales configurados por samples como aquella intención retro de colocar referencias para el reconocimiento del espectador.

Basada en el best-seller de Ernest Cline, la película se sitúa en un distópico Ohio en el año 2045. La escasez de recursos naturales ha llevado a una gran parte de la población a una precaria situación económica. En ese contexto, un simulador de realidad virtual llamado OASIS es el único medio con el que los habitantes pueden evadir su desoladora realidad. Los usuarios descubren que el fallecido creador del mundo virtual, James Halliday (Mark Rylance), ha dejado un último desafío. Quien encuentre los tres easter eggs (“huevos de pascua”, término usado para los secretos escondidos en los videojuegos) repartidos por el mundo virtual ganará un millonario premio y los papeles de propiedad del OASIS. El adolescente Wade Watts (Tye Sheridan) es uno de los millones de usuarios decididos a superar la prueba. Watts es uno de los mayores estudiosos de la vida de Hallyday, por lo tanto sabe que parte de los secretos están conectados con la biografía de su creador y con su gusto por la cultura pop de los años ochenta.

Si bien podría parecer curioso a primera vista que Spielberg se involucre con un material de aspecto tan juvenil, en realidad el héroe diseñado por Cline se ajusta con las coordenadas que ha manejado el director durante años. Watts vive precariamente junto a su tía y un abusivo conviviente, y poco destaca dentro de su entorno “real”. Se trata del prototipo de héroe “común” por el cual el director siempre se ha inclinado. Además, el concepto de OASIS se adapta a este propósito. La realidad distópica de los personajes no les permite ningún tipo de escalada social, mostrando en esta ocasión un Spielberg que poco cree en el sueño americano. En este contexto, las reglas del espacio virtual ofrecen una nueva posibilidad -si bien simulada- de recuperar el ideal estadounidense de ascenso social. La simulación creada por Halliday permite que los usuarios comiencen en igualdad de condiciones, siendo el jugador de mayor éxito el que ha colectado más monedas debido a sus habilidades, ignorando datos como su lugar de origen, edad, raza o sexo. Es curioso como Spielberg utiliza esta premisa básica de los juegos en línea del tipo World of Warcraft (Blizzard, 2004) para restituir el sentido clásico del ideal estadounidense entre sus personajes. El espacio del videojuego permite a Spielberg recuperar el sueño del triunfo de los excluidos a pesar de que se trate de una situación doblemente ficticia.

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Si bien esta interacción crítica entre los mundos de la película resulta novedosa, desde el punto visual habría que mencionar que la relación con el lenguaje del videojuego resulta algo superficial. A pesar de aprovechar el concepto del avatar (personaje simulado por el jugador en el mundo virtual), la película presenta poca influencia estilística de los mundos virtuales. Se introducen numerosas citas a varias sagas de juegos famosas, pero estas terminan confundiéndose como parte del homogéneo conjunto intertextual que el filme acumula.

La película justifica esta obsesión por el uso de la referencia heterogénea debido al gusto de Halliday por la cultura pop de su época infantil. Sin embargo, resulta evidente que es la insistencia en hacer guiños al espectador, tanto si este creció durante la década o no, la razón principal que explica este desenfreno intertextual. En ese sentido, la cinta de Spielberg recuerda curiosamente a Rompe Ralph (Chris Moore, 2012), otra película en la que se aprovechaba la posibilidad heterogénea de los mundos virtuales para insertar una multiplicidad de citas.

En un contexto más amplio, la cinta se inscribe en una serie de obras recientes de ciencia ficción que tienen sus raíces en los años ochenta. Secuelas como Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017), remakes como Ghost in the Shell (Rupert Sanders, 2017) -una versión live-action de estética más ochentera que la del clásico animado de 1995-, o series como Stranger Things (Matt y Ross Duffer, 2016) son parte de un conjunto audiovisual reciente que muestra una obsesión por varios signos culturales creados hace cuatro décadas. Resulta curiosa esta fijación temporal en el marco de un género que se trata de, precisamente, imaginar el futuro.

A pesar de mantener estas objeciones ante varias decisiones del director, el hecho de que Spielberg sea uno de los mayores contribuidores originales a aquel imaginario hace que el ejercicio resulte más interesante. Ready Player One es una película que cumple con creces su promesa de ser un “regreso” al Spielberg que se preocupaba más de la diversión a gran escala que de entregar mensajes específicos. Existen secuencias en que se pueden olvidar las críticas anteriores debido al manejo que posee el director para realizar montajes de acción inmersivos. No es por nada que se trata de uno de los directores más reconocidos por este tipo de películas de gran espectáculo. Por lo mismo resulta algo forzado el tono más serio, propio del Spielberg más reciente, que adquiere la obra cerca del final. La película hace un homenaje de dos horas al escapismo y su capacidad de actuar como terreno seguro para los excluidos sociales. Por esta razón, las advertencias finales en torno a los peligros de sus excesos deja al director posicionado en ambos lados, sin hacerse cargo del todo del formato general de su obra.

 

Nota comentarista: 6/10

Título original: Ready Player One. Dirección: Steven Spielberg. Guión: Ernest Cline, Zak Penn. Fotografía: Janusz Kaminski. Montaje: Sarah Broshar, Michael Kahn. Música: Alan Silvestri. Reparto: Tye Sheridan, Olivia Cooke, Ben Mendelsohn, Lena Waithe, T.J. Miller, Simon Peg, Mark Rylance. País: Estados Unidos. Año: 2018. Duración: 130 min.