Informe VIII FICIQQ

El lado oscuro de la m/paternidad

Inauguró el certamen la segunda película de Sebastián Brahm La vida sexual de las plantas, estrenada en Valdivia el año pasado, y que en el FICIQQ  fue presentada por su protagonista, Francisca Lewin, para quien debe ser la mejor película de su carrera, ya que es precisamente su impecable y brutal trabajo actoral lo que sostiene y eleva el film a un nivel superior, prometiendo ser uno de los mejores estrenos de cine chileno de este 2016. Cerraron con Nasty Baby, de Sebastián Silva, uno de los estrenos chilenos más potentes del año pasado pero que pasó bastante silencioso en las carteleras comerciales durante el último semestre y es quizás el giro más niuyorquino del director, en el que logra construir un guión que respira cotidianeidad, rapidez y soltura confirmándolo como una figura ya clave dentro del cine indie americano.

Ambas cintas tratan las cuestiones que indirectamente afectan las decisiones respecto a la maternidad/paternidad, posicionando la temática en territorios complejos donde los prejuicios o juicios rápidos no resultan tan fáciles como quisiéramos. La vida sexual de las plantas logra construir, sin caer en estereotipos, una situación compleja donde una mujer que muere de ganas de tener un hijo de su pareja debe decidir qué hacer cuando él, después de un accidente donde se golpea fuertemente la cabeza, ve altamente afectada su personalidad, la forma en que más allá de lo dramático de la historia lo que se prioriza en el film es el conflicto interior de su protagonista encerrada en ese deseo hormonal por ser madre del hombre que ama. Nasty Babypor su parte, presenta las dificultades y frustraciones de una pareja gay, unos hipsters de Brooklyn, y la mejor amiga de uno de ellos, los que deciden tener un hijo juntos; y si bien la película funciona bastante satisfactoriamente durante gran parte del metraje en torno a esta situación, un giro final torna todo hacia un thriller oscuro donde se plantean preguntas más ácidas sobre las discriminación y conflictos morales en la selva de cemento de la gran manzana.

 

El pasado tira

La cinta ganadora en la competencia de largometraje internacional fue la cuarta película del director trasandino Ezequiel Acuña, una suerte de apología del universo melancólico que ha construido a lo largo de su filmografía (incluye varios guiños y conexiones con sus películas anteriores), a través de la historia de una músico a quien una disquera le ofrece grabar el disco que dejaron en pausa hace 10 años atrás con su banda de la adolescencia. La vida de alguien es la historia de una banda de rock, inspirada y dedicada al grupo uruguayo La foca, donde el film presenta a Guille (Santiago Pedreros) como miembro líder del conjunto, y en el que todo pareciera avanzar de forma prometedora: contactar a los integrantes y amigos de la vida, encontrar nuevos músicos, un romance inesperado, ensayos, tocatas. Back on the road. Pero el peso de la ausencia de Nico, el otro líder de la banda del que no se sabe nada hace nubla el presente y le arrebata su actualidad con la fuerza gravitacional de un agujero negro, Guille pareciera imposibilitado de escapar de la orfandad en que lo dejó la partida de su amigo por más que intenta conectarse con la realidad las letras, las canciones, las grabaciones, los casetes, los recuerdos e historias inconclusas del pasado lo atrapan como en un velo, que la película trasmite a través de sus secuencias musicales. La vida de alguien perfecciona el uso narrativo de la banda sonora donde lo visual queda supeditado a lo sonoro, donde las letras dicen más de los personajes que las líneas de sus diálogos.

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Otra argentina dentro de la competencia internacional que también tenía (de una forma  mucho más adolescente), esa sensación de un pasado que no deja de habitarnos en el presente era la ópera prima de Jazmín Carballo Los besosdonde una expareja se encuentra por casualidad en el aeropuerto de Córdoba . Él, que vive en Nueva York, vino de paso y por un problema de vuelos quedó atrapado hasta nuevo aviso en al ciudad;  ella fue a dejar alguien al aeropuerto y al encontrarsélo le ofrece quedarse con ella hasta que salga su avión, de la misma forma azarosa en que ambos se topan van encontrándose con otros integrantes del grupo de amigos que tenían cuando eran pareja, así seguimos el reencuentro de este grupo de acomodados hipsters cordobeses durante la horas del verano entre conversaciones entrecortadas, guitarreos, fiestas, cañas, tardes en la pileta, acciones y diálogos sin un cauce claro que rodean aquello que intenta construir la película en torno al encuentro con un amor, y también la vida, del pasado. Rescatable, aunque menor dentro de los buenos aciertos que los últimos años ha tenido el cine cordobés. Como su título reza, a  modo de ironía, aquello que nunca acontece en la película, pero que uno leía como un promesa.

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Por su parte, dentro de la óperas primas en la competencia chilena me fascinó el ejercicio de que hace Sebastián Pereira en Los iluminados, una suerte de remake nacional del El Graduado. La película presenta a Felipe, quien durante la última semana de clases se va a instalar en la casa de su amigo y compañero de curso Lucas, con el objetivo de concentrar todo su tiempo en la realización del trabajo final de Historia que les queda para terminar el año y cuenta su corta convivencia con la disfuncional familia del  compañero, entre una coqueta madre pasada a ravotril y un padre dedicado a dudosos negocios, que pondrán en jaque la vida de Felipe,  quien además se encariña en una particular relación con José, un artista callejero ecuatoriano dedicado a tocar rock vestido de indio sioux en el centro de Santiago. El film, si bien podría juzgarse a primera vista de como demasiado «garage», transmite una sinceridad y exuda un aire generacional difícil de encontrar en otros directores, con un grupo de personajes completamente entrañables. Cuenta además no solo con la asesoría de Cristián Sánchez (El zapato chino, Los deseos concebidos y Tiempos Malos) sino también su legado, el trabajo con no actores, los diálogos del registro informal y una manera de sacar la cámara a la calle. Un retrato sutil de las diferencias sociales que se viven entre los perritos zorrones de Las Condes y Vitacura y los inmigrantes del Santiago Centro sin tránsitos que los medien, sin viajes en transantiago, ni tomas abiertas de la ciudad. Me dejó también la sensación de estar viendo una película del pasado, del tiempo en que uno iba al colegio, y lo cierto es que no hay nada en la historia que te lleve a esa lectura, a la que entramos por el registro directo, sin esteticismo, pero a la vez la fotografía y el arte transmiten un extraño efecto retro, a lo que se suma la inclusión en la banda sonora de  «Los vidrios quebrados» grupo de rock nacional de los ‘60s que cantaban en ingles y que ayuda también al link con El Graduado. Sin duda Los iluminados destaca frente a trabajos como La sombra del roble, egreso de la Universidad del Desarrollo, que se adentra en un espacio familiar donde un viudo padre de familia debe lidiar con el alzheimer fulminante de su propio padre, que pone en tensión la dinámica hogareña. Si bien la película cuenta con un buen guión y alta calidad técnica no deja de ser un filme innecesario, aunque está lejos de la tortura de visionado que resulta la infumable El último lonco, también en competencia.

 

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Empoderamientos documentales

Te kuhane o te tupuna, el espíritu de los ancestros, el documental de Leonardo Parakati ganó la competencia de cine de los extremos, como representante del territorio insular de Rapa Nui. Cuando el nombre del director funciona como un firma, como una posición política y el documental deviene en una acción, la sinceridad en su búsqueda conmueve y uno logra desde la emoción sopesar el peso histórico y cultural de la propuesta. Dos ancianos rapa nui le cuentan a una niña la historia del moai Hoa Haka Nanaia que en 1868 fue extraído de la isla por un barco europeo y que permanece en el antiguo continente como parte de la exposición del Museo Británico de Londres. El documental usa este ejercicio pedagógico con la niña para poder contextualizar también al espectador el sentido de la demanda por el retorno del moai: el concepto polinésico de Mana, entendido como esa cualidad que porta una persona. Un objeto que pertenece a una fuerza o energía colectiva nos permite comprender desde dentro de su visión de mundo que es necesario devolver el Hoa Haka Nanaia como símbolo para restablecer en parte la armonía que tanto la usurpación, como los conflictos externos e internos han causado en su cultura. El documental mismo recupera todo el tiempo, su historia, su cultura, sus imágenes extraídas por los viajantes, sus relatos, es un impulso de energía en pos de poner en movimiento el Mana y poder traer de vuelta cuestiones básicas para restablecer en parte el orden de su mundo. Una excepcionalidad en clave rapa nui sobre las condiciones penosas en que se halla la discusión sobre el patrimonio, la identidad y el autogobierno en nuestro país.

Por su parte, Quilapayún, el deber de la sonrisa (que vimos el año pasado en SANFIC y  revisamos en INEDIT) ganó la competencia nacional, sección  donde también competía el pequeño documental de Peter McPhee El final del día, el que registra al pueblo de Quillagua el día previo a la noche del 21 de Diciembre del 2012, fecha en que de acuerdo al calendario maya acontecería el fin del mundo; una anécdota freak que se usa como excusa para desarrollar  través del relato de su gente mirada atenta de un  oasis en pleno Desierto de Atacama totalmente devastado. Un juego, una metáfora, no para denunciar sino para permitirnos mirar a la cara a un territorio, acercarnos desde una escala humana a los problemas ecológicos que afectan a todo nuestro país.

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En otro tono el cortometraje ganador en la categoría documental fue El infierno de Beatriz, una genialidad como las que se ven raramente. Beatriz Catani es un dramaturga argentina que montó una adaptación del clásico de Dante Alighieri La Divina Comedia en una obra de más de cinco horas que transcurre al aire libre ocupando una gran explanada donde el público de pie tiene que seguir la presentación. El cortometraje condensa lo que sería una función, siguiendo de cerca a Beatriz, quien vestida con un buzo se pasea entremedio del público con un walkie talkie en la mano dando instrucciones de vez en cuando. Pero el acierto está en la superposición a través de una voz en off de una especie de  «corriente de conciencia» de Beatriz, sus propios fantasmas encarnados en su voz interna mientras ve como transcurre su obra: frases como: “que alguien baje cartel, que alguien baje el cartel, ¿nadie va a bajar el cartel?”, “estuvo bien elegir esas luces, eso funciona”, “qué agradable es ser invisible” pasan a ser parte de la narración en que nos sumerge el cortometraje. Beatriz se pasea por el público y en su cabeza lo crítica “qué hacés hablando por teléfono”, “por qué miran para allá si la obra está enfrente”. Lo que visto de otra forma sería probablemente una persona bastante antipática y altanera, debido a este recurso que nos sitúa respecto de sus pensamientos internos logra que no podamos más que empatizar con ella, aunque nada en su narración ni en su desenvolvimiento pretenda acercar o evocar cariño.

Menos afortunado me pareció el trabajo ganador de la competencia «Cine I»,  RG , donde el encuentro casual entre dos hombres y su rápido enamoramiento cae por medio de un ejercicio de montaje acelerado en las angustiosas vueltas de enganche que conlleva el enamoramiento y el intento de construir una relación de pareja en tanto que uno de los involucrados deja todo por el otro, mientras que ese ya está en otra cosa, la pérdida de la identidad, etc. Si bien es interesante la propuesta que liga un montaje flash con el recuento de una relación y sus vaivenes, no termina de cuajar -a mi parecer- en una propuesta propiamente cinematográfica con gustos más cercanos a un comercial publicitario o un videoclip aún a medio hacer, algo que por lo demás recorría gran parte de los trabajos de la competencia.