Informe XXI BAFICI (1): De unicornios y futuros perdidos

En una graciosísima entrevista realizada por un extraviado periodista holandés a Raúl Ruiz (disponible en Youtube), el director definía a Rotterdam como una “muñeca rusa”, refiriéndose a cómo cada año el festival de cine suma una nueva sede que, de alguna manera, alberga a las anteriores. El caso de BAFICI es distinto. Aquí las muñecas son reemplazadas. Es que desde su creación, el evento ha ido naufragando por distintas latitudes, desde el Abasto pasando por Recoleta hasta su nuevo anclaje en Belgrano. Vale destacar que este es barrio alejado del centro y que, como probablemente todos saben, Buenos Aires es una ciudad salvaje donde los desplazamientos son amenazados por un sinnúmero de obstáculos (congestiones vehiculares, motochorros, multitudes y ciudadanos malhumorados por el alza de precios). Ahora bien, puede resultar miserable esta argumentación urbana para justificar mi participación disfuncional en esta edición -en defensa, alguien podría argumentar que salas centrales como la Lugones o el Gaumont también funcionaron como sedes-, pero la dificultad para llegar a proyecciones a tiempo fue, al menos, un problema para este redactor.

Me apuré para asistir a la charla que ofreció Julien Temple, a quien pude entrevistar años atrás cuando visitó Chile para participar en el Festival In-Edit. Como siempre, el autor de La gran estafa del rock and roll (1979) -una de las primeras películas punk en forma y fondo- es una fuente inagotable de relatos. En su conferencia contó anécdotas del lejano mundo de las estrellas de rock. Un viaje en auto a toda velocidad por París junto a Keith Richards; el asombro de Serge Gainsbourg ante los Sex Pistols; su amistad con Ray Davies, líder de la banda que, para él, es la más grande y subvalorada de la Historia: The Kinks. También mostró videoclips como el de “She Was Hot”, de los Rolling Stones. Aunque lo presentó como una “mierda sexista”, provocó molestias y comentarios adversos a la salida, principalmente por parte parte de unas chicas feministas que cuestionaron la representación de la mujer en la pieza audiovisual.  En ella, la actriz Anita Morris -musa del director- seduce a cada uno de los integrantes de la agrupación de Mick Jagger. Temple caricaturiza las situaciones con retoques digitales que resaltan las altas temperaturas de los vínculos.

Es curiosa la revisión del universo Temple bajo las nuevas ópticas inclusivas. Ciertamente es un cineasta vinculado a una cultura de excesos hiperbólicos -narcóticos, sexuales, fílmicos- pero es también un activista político pop que puede ser revalorado en tiempos de Brexit. Basta con ver algún documental de turno en el streaming para entender además que su propuesta estética, basada en el collage sin tapujos, ha sido más influyente de lo que pensábamos.

julien temple

Al día siguiente, el inglés presentó Absolute Beginners (1986) reconociéndola como la gran mancha de su carrera. Fue una de las películas más caras del cine británico y tuvo una pésima acogida de público. Eso le significó el exilio forzado hacia Estados Unidos, arrancando de sus benefactores. “Por suerte me fue mal. Si hubiese tenido éxito habría terminado flotando boca abajo en un jacuzzi de Hollywood”, bromeó en la presentación.

Basado en la novela homónima de Colin MacInnes, Absolute Beginners es un musical cargado de exuberancias, una suerte de Amor sin barreras ambientado en la bohemia nocturna del Soho londinense. Al centro hay una historia de amor imposible que habla de la diferencia de clases y la discriminación. Todo esto es envuelto en una estética camp y números musicales filmados en medio de escenografías asombrosas. David Bowie se reserva, por supuesto, una de las mejores secuencias. “Es raro que ya no esté”, dijo en un momento el director. “Él simbolizaba el futuro. Por lo tanto, su ausencia significa que ya no hay un futuro”.

 

Johnny Cash es un clon

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La gran sorpresa del festival fue The Unicorn, documental centrado en el músico Peter Grudzien. Aunque la sinopsis resaltaba su singular propuesta de “country gay”, los cineastas  Isabelle Dupuis y Tim Geraghty no hacen hincapié en la infiltración de lo queer en una cultura machista. Digamos que no anteponen discursos a la observación detenida de una realidad agria: la vida cotidiana de un cantante relegado al culto subterráneo, que vive encerrado en una casa de Nueva York junto a su padre de 100 años y una hermana esquizofrénica. La cámara rara vez sale del hogar. Se apodera de ese espacio claustrofóbico para registrar los conflictos familiares y la extraña cosmovisión de un artista que piensa que fue clonado por el gobierno de Estados Unidos o que el Johnny Cash que alguna vez conoció (la foto adorna su pieza) era en verdad un clon del original.

En esa ausencia de manipulaciones y mensajes, los realizadores evitan clichés del género como el vicio automatizado de destacar la importancia del retratado (Bono suele ser el rostro más cotizado para estos elogios). Los pormenores de la obra de Grudzien quedan afuera de la cinta, lo que nos obliga a salir en busca de su álbum “The unicorn” con la urgencia de quien cree encontrar un tesoro. El documental -ganador el máximo galardón del certamen- deja un sabor amargo en el paladar pero también la satisfacción del hallazgo. Grudzien es más que un creador maldito destinado a las sombras.

 

Cine de divulgación

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Admito que buena parte de mis visionados en festivales son documentales de divulgación que no se caracterizan necesariamente por la profundidad de sus indagaciones ni menos por la inquietud formal de las propuestas. Pero ofrecen un paseo didáctico por la vida y obra de alguna figura de interés. En el mejor de los casos, este tipo de propuestas nos satisfacen con una abundante cantidad de información y material; en el peor, nos dejan con gusto a poco.

Esto último ocurre con What She Said: The Art of Pauline Kael, de Rob Garver, cinta que desperdicia muchas historias en torno a la controversial crítica de cine estadounidense. Por ejemplo, su desprecio por las películas de John Cassavetes (profundizado en la célebre biografía de Ray Carney) o su contribución al Nuevo Cine Americano, lo que es ligeramente mencionado. Sí se aborda su rivalidad con Andrew Sarris, su comentario despectivo de Shoa (Claude Lanzmann, 1985) -por lo que fue acusada de antisemita-, o su amor insaciable por el cine de Brian De Palma. Hay aportes valiosos como Kael contando su propia versión de los hechos o Jerry Lewis elogiandola a pesar de haber atacado su carrera. Así y todo, el documental es solo un barniz.

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Algo parecido ocurre con Barbara Rubin and the Exploding NY Underground, de Chuck Smith, centrado en la vida y obra de la cineasta experimental que funcionó como una figura clave dentro de la escena liderada por Jonas Mekas. Además de realizar películas adelantadas a su época como Christmas on Earth (1963),  gestionó la visita de Bob Dylan a la Factory de Warhol, hizo que el artista Pop se interesara por The Velvet Underground y compartió con Allen Ginsberg -de quien estaba enamorada- acciones de poesía y activismo. Los últimos años de su vida son un misterio: se volcó al judaísmo ortodoxo, se casó, le pidió a Mekas que quemara todas sus películas y murió de una infección postnatal a los 35 años de edad.

Por último, el italiano Giuliano Fratini no se conforma con la objetividad en Il dono, documental sobre Tarkovski que aspira torpemente a ser una cinta “tarkovskiana” a fuerza de música sacra y contemplaciones forzadas. Lo que queda es la información: la vida del maestro ruso en un pueblo de Italia en el que se instaló luego de filmar Nostalghia (1983).  Ahí se acercó al catolicismo y se refugió de las garras soviéticas previo a su célebre conferencia de Milán. Fratini entrevista a lugareños que conocieron al cineasta y reconstruye sus últimos días en el exilio. Cuando el cine compite con Wikipedia.