Proyecto fantasma (1): Un espíritu excéntrico e indisciplinado

No sé si es un hito, mas rara vez se hacen en Chile películas sobre millennials queer como Proyecto fantasma (2022), ésas que miran más allá del trauma, la pobreza y el activismo, e instalan una visión personal, neutra y de clase media.

Pablo es un actor treintañero que se enfrenta a una repentina soledad. No se resigna al quiebre con su novio influencer, necesita un compañero de departamento para pagar el arriendo y todavía no consigue el trabajo de sus sueños: hacer cine. Sólo lo acompañan una perra, deudas, más deudas y un chaleco poseído por un espectro.

No sé si es un hito, mas rara vez se hacen en Chile películas sobre millennials queer como Proyecto fantasma (2022), ésas que miran más allá del trauma, la pobreza y el activismo, e instalan una visión personal, neutra y de clase media.

Huelga rumiar la premisa para entender que es ambiciosa, lo que es esperable de un segundo largometraje, como es el caso para el director/guionista Roberto Doveris. Y aunque no se diferencie mucho de su ópera prima, el drama Las plantas (2015), en cuanto ambas son indisciplinadas e inescrutables, sí provee un visionado más agradable. Es una comedia, para variar, rápida y excéntrica, y con un entregado Juan Cano como Pablo, el atormentado protagonista.

El entorno de este hombre es propio de los millennials como él, como yo, como muchos, que viven en grandes conurbaciones. Es miembro de una generación que creció globalizada, por tanto, en su piso no hay atisbos de una identidad latinoamericana. Sus rutinas y símbolos cosmopolitas son endémicos de un Santiago gentrificado, como lo son el pragmatismo de los espacios del departamento, el individualismo, esa obsesión por las mascotas y las plantas, la predilección por ropa con logos de marcas internacionales, el torrente inagotable de garabatos en cualquier conversación.

Pablo no hace teatro, televisión ni cine. Actúa como paciente simulado para estudiantes de medicina, quienes, al igual que él, tienen que memorizar guiones de las situaciones hipotéticas que enfrentarán cuando ejerzan su profesión, para representarlas frente a un médico evaluador. Lo divertido es que uno de los médicos estudiantes se fija en él e intercambian miradas; lucen bien juntos. ¿Tendrán una relación seria?

Volvamos al departamento. Pablo es fanático de la actriz chilena Antonia Palacios, versión ficticia de Ingrid Isensee, cuyos filmes, como Baby Shower (2011) y La voz en off (2014), él se los repite sagradamente. Incluso la propia Isensee aparece como Antonia, compartiendo escenas con Cano. El metalenguaje es atractivo y lúdico, y se equilibra bien con la cosa macabra. El mismo efecto tiene la participación del influencer Fernando Castillo, conocido en internet como Noestoycreici, quien personifica al ex, llamado Francisco.

El énfasis está puesto en el arte y la creatividad. Si el cómic de culto Las plantas inspiraba la imaginación de una adolescente en la película homónima, en Proyecto fantasma es la devoción de Pablo por Antonia lo que define sus aspiraciones en un período de desajustes. Y Cano sobresale en el papel. Sus maneras oscilan entre lo femenino y lo masculino frecuentemente, y es capaz de transmitir tanto vulnerabilidad como sex appeal, creando a alguien que no deja de generarnos curiosidad.

Es gracioso ver cómo sus amigos, actores todos, se quejan de la precariedad de su profesión. Son independientes, pero a duras penas; siempre les falta plata, la poca que tienen se la gastan en vicios y pasatiempos, y hace tiempo cedieron a la inercia del endeudamiento.

O quizá sea penoso. La verdad es que es un escenario bien patético, pero Doveris lo plantea desde el humor y le funciona, lo que nos permite empatizar con ellos sin hundirnos en su desesperación. La contención que se ofrecen es deducible del gozo que demuestran cuando comparten en el hogar de Pablo, alguien, además de carismático, muy gregario.

Son locuaces. Departen sobre redes sociales, los vecinos y los muertos en medio de muchos garabatos, lamentaciones y bromas. La gente habla así. Sin embargo, es extraño que sus temas sean tan superficiales. En realidad, estos amigos no sostienen charlas, digamos, existenciales, considerando la crisis que vive cada uno; siendo actores, yo habría esperado profundidad en sus palabras. Son materialistas. Sus prioridades son obtener likes, dinero, plantas. Y si bien estos personajes son simpáticos, me costaría tenerlos como amigos. No podríamos hablar de nada, terminaría odiándolos o, al menos, echándolos de mi casa. Lo bueno es que son soportables durante una hora y media.

Ahora, creo que el mayor problema es… el famoso fantasma. Es un personaje animado con ondulantes trazos blancos por Erika Pacheco, quien lo dota de una genitalidad ambivalente y hasta de cachos diabólicos. Aun cuando ni siquiera se sabe si es bueno o malo, causa estragos, rompiendo la vajilla del actor y moviendo ciertas cosas de su lugar. ¿Con qué propósito? Hay una llamativa escena de sexo entre ambos, donde Doveris despliega una singular destreza para el suspenso y el erotismo, prometiendo giros más provocadores. Pero ¿después qué? ¿Acaso el espectro pone en peligro la vida del dueño del piso? No. El elemento sobrenatural se queda a medias, porque no influye en ninguna acción dramática, excepto en la reposición de los objetos rotos y el insomnio de Pablo. ¿De qué sirve que haya un fantasma en Proyecto fantasma? ¿Y por qué el chaleco? ¿Hay un lirismo asignado a la prenda?

Y no termina ahí. Violeta Castillo, quien protagonizó Las plantas, interpreta aquí a una cantante pop y Claudio Ravanal, a una suerte de guía espiritual; sus interacciones no le aportan ni un ápice de sustancia al filme, pero, de alguna manera insólita, justifican nada menos que su título. Los desarrollos como estos son tan rebuscados, que es irritante.

La peli consiste en un cúmulo de anécdotas con escaso tejido conectivo. El montaje deleitoso, la ultratumba y el eficiente sentido del humor, pues, no bastan para distraernos del enfoque arbitrario, inconexo, y de las expectativas falsas. La película no puede evitar sino tomar la curva hacia la frivolidad, a lo gratuito, al porque sí; y me cuesta respetar eso, cuando el estilo no es asombroso como para compensar un ejercicio vacuo.

Varias escenas debieron quedarse en la sala de montaje; era necesario incluso sacrificar actuaciones enteras del corte final. Por mucho que parte del material sea autobiográfico y que el elenco haga lo mejor que puede, un largometraje de ficción precisa un sentido unificador, un poco de disciplina, no un chamullo que sólo visaría un espectador cínico.

Se me ocurre que un conflicto plausible habría sido que el actor frustrado envidiara la popularidad de su ex influencer. Aquello podría haber tenido un desarrollo interesante, aunque no fuera una historia personal de Doveris.

¿Qué es lo que creo que es personal para el director? El sexo y el impulso creativo. Eso habita su cabeza y lo encuentro fascinante. Mejor se hubiera quedado en la simulación con pacientes. Así, nos habríamos ahorrado al fantasma para concentrarnos de lleno en la actuación y el deseo sexual, que es lo que mueve al protagonista. Ahí había un tema sobre el cual pronunciarse. Ahí estaba la verdadera historia de este proyecto.
 

Título: Proyecto fantasma. Dirección y guion: Roberto Doveris. Producción: Roberto Doveris, Aura Sinclair. Fotografía: Patricio Alfaro. Montaje: Sylvana Squicciarini. Elenco: Juan Cano, Ingrid Isensee, Violeta Castillo, Fernando Castillo, Claudio González Ravanal, Sofía Oportot. Casas Productoras: Niña Niño Films, Agencia Rekia. País: Chile. Año: 2022. Duración: 97 minutos. Idioma: Español. Disponible en MUBI y cines selectos.